India ha vuelto al centro del tablero energético global y se encuentra atrapada entre Washington y su propia necesidad de garantizarse el suministro energético. Esta semana, la Casa Blanca ha proclamado que logró que Nueva Delhi reduzca sus compras de petróleo ruso en un 50% tras conversaciones entre Trump y Modi, pero no está claro si se trata de cambios reales.
Si India, que es uno de los mayores compradores del mundo de petróleo acepta recortar drásticamente sus compras, Moscú pierde uno de sus clientes más confiables. Según EE.UU., las refinerías indias ya estarían comenzando a ajustar sus compras rusas, pero según Delhi, no hay confirmación de ningún compromiso. De hecho, el Ministerio de Asuntos Exteriores indio dijo no tener constancia de ninguna llamada entre Modi y Trump en la que se prometiera detener esas compras.
Por tanto, se desconoce si ese recorte del 50% es una orden presidencial encubierta, una aspiración o simplemente un gesto diplomático de India a EE.UU.
En septiembre, Rusia continuaba siendo el mayor proveedor de petróleo de India, con alrededor del 34% de las importaciones totales: unos 1,6 millones de barriles diarios, según datos de Kpler. Pero ese volumen ya representa una caída frente a meses anteriores. Además, en octubre aparecieron datos preliminares que indican un rebote: las importaciones rusas podrían haber llegado a 1,8 millones de barriles diarios, impulsadas por la demanda estacional.
Por otro lado, India ha realizado compras poco habituales para diversificar su cartera. Por primera vez, refinadoras indias adquirieron unos 4 millones de barriles de crudo de Guyana, a través de Exxon.
Esta situación contrasta con el caso de China, pues el comprador más grande de crudo ruso no ha sido sujeto a presiones equivalentes, por lo que claramente el objetivo es traer a India, potencia emergente, a la esfera de influencia de EE.UU.
En los mercados internacionales el anuncio ya tuvo efecto: el petróleo bajó cerca de un 1% después de que Trump dijera que India había prometido cortar sus importaciones rusas, a la vez que se anunciaba una cumbre entre Trump y Putin para tratar temas energéticos.
Desde el punto de vista de los riesgos, Delhi camina sobre una cuerda floja. Un recorte demasiado rápido podría generar tensiones internas: la posibilidad de que el país enfrente escasez de crudo o subidas súbitas en los precios del combustible es real, y cualquier incremento sostenido impactaría directamente en la inflación y el crecimiento. Al mismo tiempo, Moscú podría reaccionar ofreciendo descuentos más agresivos, mejores condiciones o incluso desplazando el flujo de crudo hacia China para compensar la pérdida del mercado indio. En el terreno financiero, los ajustes podrían poner en riesgo los acuerdos de pago en rublos o los esquemas alternativos que India y Rusia han construido para esquivar el dominio del dólar. Así mismo, un cambio drástico den la política energética de esta medida puede erosionar la autonomía estratégica que India ha defendido durante décadas y hacerle parecer un socio sometido a las presiones de Washington.
India no es un actor débil y ha demostrado hasta ahora que prioriza su autonomía frente a presiones externas, por lo que si esa reducción en las compras de crudo ruso es real y de esa magnitud, lo más probable es que EE.UU. le otorgue a cambio grandes concesiones, más allá de las amenazas a las que la actual administración tiene acostumbradas a sus interlocutores.
En el corto y mediano plazo habrá que observar los datos de noviembre y diciembre y si EE. UU. logra traducir esta supuesta victoria diplomática en compromisos energéticos reales.
